Las uvas de la ira o como humanizar a los migrantes
John Steinbeck publica Las uvas de la ira en 1939, obra ganadora del
Pullitzer que inspiraría la clásica película homónima de John Ford. La novela
nos sitúa en los Estados Unidos de los años 30, sumidos en la Gran Depresión desde
aquel fatídico crack económico de 1929. Pese a que este año la obra de
Steinbeck ha pasado a ser octogenaria, sus temas son más actuales que nunca.
Steinbeck
narra la odisea de la familia Joad. Como muchos otros miembros de las
comunidades rurales del corazón de los EEUU, se vieron forzados a dejar sus hogares
para emigrar en busca de trabajo a las zonas costeras, muchos más prósperas y
ricas; empujados por el hambre, la avaricia de los bancos y, sobretodo, las Dust Bowls, La familia se vuelve
así un símbolo y una muestra de ese éxodo masivo en busca de la tierra
prometida, California, y de como por el camino tuvieron que enfrentarse a la
xenofobia, el odio y la injusticia.
La
frase “la historia no se repite, pero rima”, atribuida a Mark Twain, otro clásico
de la literatura estadounidense, está más presente que nunca en la actualidad.
En esta “rima” de los años 30 que vivimos (con el auge de la extrema derecha y el populismo tras una grave crisis económica y la pérdida de confianza en la
política tradicional) podemos encontrar también un paralelismo entre la
historia de la familia Joad y la de los miles de refugiados provenientes de
Siria y otros países de oriente próximo cuyo Dust Bowl es la guerra. Y que, como respuesta, encontraron y encuentran confinamientos en
campos de refugiados en condiciones insalubres, rechazo, xenofobia y
explotación laboral. Con el único apoyo de los suyos y la insuficiente acción
de la administración.
Hoy
más que nunca es importante la obra de Steinbeck para humanizar a los
migrantes. Porque la matriarca de los Joad, cuyo principal móvil es mantener
unida a la familia porque sabe que no les queda nada más, puede ser cualquiera
de las mujeres que vemos cruzando el mediterráneo. O el padre y su hijo Tom,
que buscan desesperadamente trabajo para llevar comida a casa. O Rosasharn,
preocupada por el hijo que trae en camino. O los niños Ruthie y Winfield; ambos
podrían ser Aylan Kurdi.
Así habla un
californiano sobre los migrantes provenientes de Oklahoma en el libro: “Tú y yo somos
sensatos. Esos condenados okies no tienen sensatez ni sentimiento. No
son humanos. Un ser humano no podría vivir como viven ellos. Un ser humano no
resistiría tanta suciedad y miseria. No son mucho mejores que gorilas.”
Deberíamos
aprender de Las uvas de la ira y ver a los migrantes como lo que son: como
a iguales, como a personas. Para que dejen de ser esa masa uniforme de extraños
que vemos por la televisión. Para que en vez de “los otros”, sea “nosotros”.

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